Francisco Altable – författare
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El interés por la formación de sociedades históricas a lo largo del Pacífico mexicano viene de mucho tiempo atrás, desde el momento mismo en que el antiguo territorio mesoamericano transita hacia la constitución del virreinato de Nueva España. Cartas, informes, crónicas y otras manifestaciones literarias constituyen ese bagaje secular que se extiende más allá de las independencias hispanoamericanas de principios del XIX, época en la que recogió sus impresiones el polímata berlinés Alexander von Humboldt. Más tarde, durante esa misma centuria, otros viajeros, funcionarios de gobierno, naturalistas e intelectuales se sentirían igualmente atraídos por el occidente oceánico de México y tratarían de explicarlo cada cual a su entender y con los recursos que tuvieron a la mano. La acción humana en esa línea costera ha generado una diversidad de estructuras socioeconómicas, políticas y culturales.La obra que el lector tiene en sus manos, por exigencia de los respectivos campos de investigación en que trabajan sus autores, está dedicada en su mayor parte al Pacífico septentrional. Su aportación al conocimiento histórico de la región pudiera considerarse modesta por el número de colaboraciones que la integran, pero, por otra parte, nos congratulamos de que sea una novedosa contribución al conocimiento de una región todavía escasa de estudios especializados, sobre todo en comparación con la descomunal cantidad de libros y artículos que ha inspirado el otro gran océano de México.
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El tema es de muy variada condición, pero aquí me circunscribiré a la exposición de algunas cuestiones directamente relacionadas con la documentación generada por los principales protagonistas de los conflictos que se relatan en los cuatro capítulos que componen la obra. Entre otras, se pondrán sobre la mesa algunas cuestiones ineludibles: ¿quién gobernaba el timón de la acción política, la monarquía o la Providencia Divina? ¿Estaba la Iglesia por encima de los gobiernos humanos? ¿Debía aquella compartir con estos la potestad política o sujetarse a la autoridad regia en los asuntos de la transitoriedad? Si religiosos y civiles participaban de consuno en la conducción de los pueblos, ¿dónde debían situarse las fronteras jurisdiccionales?Estas interrogantes y su propuesta de explicación irán apareciendo a lo largo del relato. Por lo pronto, no obstante, conviene dejar en firme dos reflexiones planteadas de manera estrictamente hipotética: primera, la persistente conflictividad entre evangelizadores y gobernantes, sin dejar al margen el ingrediente personal y los ímpetus autoritarios, hundía sus raíces en la crónica asimetría de intereses institucionales que movían al clero regular, por una parte, y a la monarquía española, por la otra, lo cual, sin llegar nunca a la ruptura, generaba desequilibrios más o menos considerables entre un autoritarismo resueltamente regalista y una rancia corporación eclesiástica que se resistía a los embates del despotismo borbónico. Y segunda, deliberadamente se ignoraba el hecho, pues reconocerlo exponía los elementos irreconciliables entre ambas posturas, de que el enfrentamiento expresaba la contradicción en que coexistían la forma en que las instituciones misioneras entendían la conquista de nuevas tierras, una "conquista de almas y fieles" sobre todo lo demás, y las razones temporales de la corona española y sus súbditos, razones esencialmente geopolíticas y económicas. Dada esta suerte de dualidad dentro de la estructura operativa de las empresas colonizadoras, la diferencia de perspectivas tenía que reflejarse por necesidad en el ejercicio de gobierno y en las relaciones sociales. No digo que los misioneros carecieran de intereses económicos al instruir a los indios, es solo que los dirigían, antes que otra cosa, a los objetivos de su instituto, mientras que las autoridades reales tendían a ver la utilidad de la catequesis en función de los asuntos políticos, del aparato hacendístico y de los impulsos de la economía privada.
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Jean Meyer afirma que "la verdad a que aspira la «ciencia histórica» es siempre fragmentaria", que "el discurso del historiador nunca deja de ser un relato" y que los escritores de historias imaginadas "reconocen plenamente la irrupción de la historia en la construcción de sus ficciones". Las tres afirmaciones se relacionan íntimamente y reunirlas en un solo párrafo no tiene otro propósito que el de ratificar algo que se sabe desde hace mucho tiempo, o desde siempre: que la historiografía y la literatura de ficción se entienden y comparten mucho de sus propios campos de acción. Quienes coordinamos y participamos en esta obra no suscribimos la radical idea de que el texto histórico constituye un artificio, un armazón de figuraciones. Más bien nos inclinamos por una aseveración igualmente antigua y simple: que la historia habla acerca del pasado, es decir, de una realidad ya desaparecida, aunque el modo de expresarlo sea una representación fragmentaria de algo que existió y no existe más. De esta constatación nació el impulso y la creencia de que el discurso histórico podía llegar a ser un discurso científico. Ya luego, y desde hace casi medio siglo, se vio que eso era demasiado pedir, e incluso innecesario para la salud de la disciplina historiográfica. Por eso, quizás hoy más que nunca, cobran vigencia los escritos de William Herbert Dray en lo concerniente a una noción que todavía para muchos resulta difícil de digerir, esto es, que la historia puede explicar los hechos de una sociedad ya inexistente sin recurrir a un lenguaje causal fundado en supuestas leyes generales, y que las narrativas históricas, como dice Paul Ricoeur en torno a las reflexiones de Louis O. Mink, son «conjuntos altamente organizados que requieren un acto específico de entendimiento expresado en forma de juicio», acto que no excluye en absoluto el ejercicio de la imaginación, antes lo requiere para llegar a una interpretación sensata. Por consiguiente, estamos ante un «tipo de juicio reflexivo», cuyas representaciones no pretenden la objetividad de las llamadas ciencias duras, pero tampoco renuncian a su conexión con la realidad social ni al bagaje literario con que se expresan.