Jorge Manach – författare
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Häftad, Spanska, 1991
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Desde que se inició en el periodismo, cuando era un veinteañero, Jorge Mañach tuvo una valoración muy positiva de esa noble pugna de pareceres que es la polémica. La concebía como una agradable charla, como un coloquio estimulante que permite desarrollar el ingenio y contribuye a ejercitar las opiniones, al tonificar las mejor pensadas. El germen de la inconformidad, sostenía, es necesario para el progreso de las ideas. Eso lo llevó, en algunas ocasiones, a provocar la discusión sobre temas que creía pertinente y necesario tratar, como fue el caso del fraternal intercambio acerca de la novela cubana que Rafael Suárez Solís y él mantuvieron en los años veinte.Tuvo por eso una actitud hospitalaria a todos los pareceres adversos, con tal de que estos saludaran antes de entrar. Pensaba que la civil y noble discrepancia de opiniones hay que respetarla siempre, pues es algo propio de personas civilizadas. Se holgaba de las polémicas honrosas y corteses que tuvo con interlocutores inteligentes. En ese grupo presumo que estaban las que sostuvo con Medardo Vitier, Manuel del Riego, José Vasconcelos. Sin embargo, no tenía reparos en responder a personas que le escribían al diario en el cual colaboraba en ese momento, y lo hizo más de una vez. Esto, pese a saber que las polémicas en medios periodísticos pueden ser un espectáculo divertido para los lectores, pero raramente conducen al esclarecimiento de la verdad y, en cambio, abren entre los contendientes un agrio vacío. Por supuesto, no todas eran ingratas ni ociosas, y alguna luz y no poca animación cordial salía de ellas.Hay que lamentar que el periodismo lo obligó en algunas ocasiones a descender hasta el arroyo. Al respecto, conviene apuntar que era consciente de que uno no debe ocuparse de los mordiscos en letra de molde de gente irresponsable, o de quienes no perdonan que se ignore su genialidad. Pero de igual modo, sabía que no hay enemigo pequeño, ni difamación de la cual no quede alguna huella. Por eso respondió a ataques y juicios hostiles, aunque eso le provocase fastidio y lo forzara a apartarse de faenas más importantes y constructivas.
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Como él mismo Jorge Mañach señala, Perfil de nuestras letras surgió de una sugerencia de la dirección del periódico Diario de la Marina, para que comenzase a redactar una serie de artículos en los cuales desarrollara algún tema continuo. Entre febrero de 1947 y octubre de 1948 publicó 34 trabajos, que siempre salían en la edición dominical y en la página de Opinión (esto último solo se alteró en una ocasión). Al cabo de casi ocho años, en mayo de 1956 decidió continuar la serie "por algún tiempo más". Lo hizo hasta comienzos de agosto de ese año. En esta segunda entrega, la serie mantuvo el espacio dominical hasta fines de junio, cuando pasó a salir indistintamente miércoles, jueves o viernes. Asimismo desde mayo redujo el nombre a Nuestras letras.Edición a cargo de: Carlos Espinosa.
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Redactado en 1932 por Jorge Mañach, Joaquín Martínez Sáenz, Francisco Ichaso y Juan Andrés Lliteras, algunos ven en El ABC al Pueblo de Cuba, clave en la historia de Cuba, la influencia del Manifiesto fascista de 1919, obra de Marinetti y Alceste de Ambris.El ABC contó entre sus miembros con hombres de negocios, periodistas y políticos relevantes y fue, entre otras cosas, un movimiento violento y nacionalista. Sin embargo, Mañach negó una y otra vez tales acusaciones y centró su pensamiento político en la denuncia de los males republicanos y en una relación pragmática con los Estados Unidos y vigilante de la soberanía nacional.Bastan unos pasajes de El ABC al Pueblo de Cuba para entender el programa del ABC en el contexto de la República cubana:«Hay poblaciones cubanas, como Banes, en Oriente, enclavada dentro del feudo de la United Fruit Company, donde no se obedece más ley que la que impone el administrador norteamericano: donde las autoridades cubanas son vasallos suyos; donde todos los privilegios municipales les están reservados a los residentes yanquis; donde el cubano es tratado como un ciervo de la gleba, y hasta le está prohibido, a determinadas horas, el acceso al centro urbano.»Y no es casual que en Banes y sus cercanías creciera Fulgencio Batista. También allí amasó su fortuna Ángel Castro, el padre de Fidel Castro, entre algunas de las más prominente familias cubanas.Tras una lectura de este documento se ven los cimientos mal construidos de la República Cubana. Asimismo, la compleja relación de Cuba con los Estados Unidos de América. Asimismo aquí se esbozan políticas que se adoptaron en la Constitución cubana de 1940, de la que fueron firmantes Mañach, Ichaso y Sáenz.El ABC al Pueblo de Cuba es obra de miembros de la derecha histórica cubana. Sin embargo, cabe señalar su énfasis en la distribución igualitaria de la riqueza y en el soberanismo.
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Esta compilación de artículos de Jorge Mañach constituye un segmento de un proyecto mayor, encaminado a recuperar parte de su faena periodística. Y digo parte, porque reunirla toda es una tarea, si no imposible, sí muy ardua.Sus primeras colaboraciones en la prensa cubana datan de cuando tenía diecisiete o dieciocho años; la última la redactó pocas semanas antes de morir. En varias ocasiones se quejó de la servidumbre del diarismo, que según él no le dejaba tiempo para escribir los libros que prometió a lo largo de su vida y que nunca llegaron a ver la luz. Pero nunca pudo abandonar la que fue su pasión más fiel y duradera, acaso porque al igual que su admirado Ortega y Gasset, era un escritor de artículos y de pequeños ensayos. De hecho cuatro de los libros que publicó —Glosario (1924), Estampas de San Cristóbal 1926), Pasado vigente (1939), Visitas españolas: Lugares, personas (1959)— los armó a partir de materiales periodísticos.
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Jorge Mañach siempre dejó constancia del gran cariño que sentía por Sagua la Grande, su ciudad natal. La rebautizó como Sagua la Máxima, y en una de sus impagables glosas la describió como "una villa pulcra y luminosa, limpia y clara". Sin embargo, fue La Habana la ciudad de la cual más escribió, pues fue allí donde residió por más tiempo. Su primer acto de amor a nuestra capital fue Estampas de San Cristóbal (Editorial Minerva, 1926, 283 páginas), donde recopiló los trabajos publicados por él en el diario El País, entre julio y agosto de 1925. Es, como comentó Mario Parajón al rescatarlo en 1995, "uno de sus libros más entrañables, quizás el más entrañable". Se trata de un paseo por La Habana, armado a través de "una conversación ininterrumpida, entre un viejo procurador, filósofo nato y hombre de gran experiencia de la vida que hace a un joven pasear por la calle Obispo, se deleita en la Plaza de Alvear, y va por San Juan de Dios". La lectura de los títulos de las 59 impresiones habaneras da una idea del abanico temático que en ellas se trata: "Obispo", "El Morro", "El bodeguerito", "Fritas a media noche", "Miramar", "La morenita presumida", "El Vedado", "El son", "Pregones", "Mercaderes", "Las aceras y las azoteas", "La guagua y el carácter", "El cañonazo", "La china María la O"… Calles, barrios, personajes y costumbres aparecen vistos a través de las pupilas alertas de Luján y del cronista, en lo que constituye un itinerario sentimental de nuestra capital. A propósito del nombre con que se refiere a ella, Mañach declaró que era un homenaje al hoy olvidado escritor norteamericano Joseph Hergesheimer. Este visitó varias veces La Habana e incluso escribió sobre ella un hermoso libro, San Cristóbal de La Habana (1920), que casi un siglo después permanece inédito en nuestro idioma. Para rubor nuestro, comentó Mañach, quien dejo entrever que acaso le fuera dado a él intentar esa faena que, desafortunadamente, no llegó a realizar.