Juan Arturo Camacho Becerra – författare
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Häftad, Engelska, 2026
855 kr
Skickas
Throughout the history of the Americas, sentiments toward the environment have been problematized and aestheticized through visual representations in various formats. In this volume of the Handbook »The Anthropocene as Multiple Crisis«, sixty entries examine the crises of mining, energy, land use, biodiversity, water, and climate change in the major macro-regions of Latin America from the colonial period to the contemporary era of the Anthropocene, featuring iconic images from this context.
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A cuadro: ocho ensayos en torno a la fotografía de México y Cuba, aporta al tema histórico de la fotografía desde perspectivas regionales y caribeñas. Al fundarse la Fototeca Nacional del INAH emergieron diversos intentos por estudiar la fotografía desde le punto de vista del centro, y nacional. Esta obra colectiva rompe con esos dos moldes y ofrece diferentes planos basados en los intereses particulares de los nueve autores; su temática central, sin embargo, es estudiar las fotografías como documento histórico, los autores analizan fuentes obviadas por otros investigadores: revistas, periódicos, álbumes familiares, colecciones fotográficas particulares, y extranjeras; como testimonio social rescatan a los fotógrafos desestimados por la historia y los presentan como autores de documentos dignos de estudiarse bajo la lupa crítica del historiador profesional.
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Hasta hace relativamente poco tiempo, la investigación histórica de carácter profesional se realizaba en nuestro país con independencia de la literatura llamada de ficción y sobre la base de una concepción epistemológica ceñida al discurso cientificista de las grandes escuelas y dogmas historiográficos del siglo XX, que privilegiaban el acercamiento de la historia a las ciencias sociales y al método empírico-inductivo de las ciencias duras. Se consideraba incluso que la "ciencia histórica" debía mantenerse alejada de la narrativa literaria, esto es, del arte literario encarnadoen la novela, el cuento y la poesía. Esta forma de entender el quehacer historiográfico, sin embargo, ha venido cambiando vertiginosamente durantela segunda mitad de la centuria pasada y en lo que va del siglo XXI, no sólo por efecto de la marejada posmoderna, sino por reflexiones viejas y actuales de los teóricos en torno de las cualidades intrínsecas que el modo narrativo ofrece a la explicación histórica.1 Lo mismo ha de decirse enreciprocidad con respecto del quehacer literario, pues ahora se reconoce también que la generación de conocimiento histórico ha contribuido, y contribuye eficientemente, a la producción de las bellas letras. Surge así una sólida concepción que no excluye a lo literario de lo historiográfico, ni a lo historiográfico de lo literario, es decir, una concepción histórico-literaria, fundada en los trabajos ya célebres de múltiples y diversospensadores –literatos, filósofos e historiadores– que ven en la estructura narratoria, complementada con las aportaciones metodológicas y epistemológicas de otros ámbitos de conocimiento.
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Jean Meyer afirma que "la verdad a que aspira la «ciencia histórica» es siempre fragmentaria", que "el discurso del historiador nunca deja de ser un relato" y que los escritores de historias imaginadas "reconocen plenamente la irrupción de la historia en la construcción de sus ficciones". Las tres afirmaciones se relacionan íntimamente y reunirlas en un solo párrafo no tiene otro propósito que el de ratificar algo que se sabe desde hace mucho tiempo, o desde siempre: que la historiografía y la literatura de ficción se entienden y comparten mucho de sus propios campos de acción. Quienes coordinamos y participamos en esta obra no suscribimos la radical idea de que el texto histórico constituye un artificio, un armazón de figuraciones. Más bien nos inclinamos por una aseveración igualmente antigua y simple: que la historia habla acerca del pasado, es decir, de una realidad ya desaparecida, aunque el modo de expresarlo sea una representación fragmentaria de algo que existió y no existe más. De esta constatación nació el impulso y la creencia de que el discurso histórico podía llegar a ser un discurso científico. Ya luego, y desde hace casi medio siglo, se vio que eso era demasiado pedir, e incluso innecesario para la salud de la disciplina historiográfica. Por eso, quizás hoy más que nunca, cobran vigencia los escritos de William Herbert Dray en lo concerniente a una noción que todavía para muchos resulta difícil de digerir, esto es, que la historia puede explicar los hechos de una sociedad ya inexistente sin recurrir a un lenguaje causal fundado en supuestas leyes generales, y que las narrativas históricas, como dice Paul Ricoeur en torno a las reflexiones de Louis O. Mink, son «conjuntos altamente organizados que requieren un acto específico de entendimiento expresado en forma de juicio», acto que no excluye en absoluto el ejercicio de la imaginación, antes lo requiere para llegar a una interpretación sensata. Por consiguiente, estamos ante un «tipo de juicio reflexivo», cuyas representaciones no pretenden la objetividad de las llamadas ciencias duras, pero tampoco renuncian a su conexión con la realidad social ni al bagaje literario con que se expresan.