Alicia escribe con una fuerza verbal que es a la vez tierna y que ilumina el movimiento del duelo: el ligero desplazamiento de un recuerdo que se enlaza a lo vivo, o el avance repentino de una sensacion que no sabe ubicarse en el presente y se vuelve gesto, o el soplo leve que llega a nosotros con el recuerdo de una voz y nos exige escribir, o el aura del objeto -como aire y ausencia- que nos ampara en su duracion, o el lugar, el mismo lugar, el lugar de siempre, el que sobrevive ahora atravesado por una huella a punto de borrarse. Alicia compone con ese movimiento un canto una forma del grito con el que se despide de la madre y modula, con su ritmo, un entramado narrativo delicado, un elogio amoroso para el linaje del padre. Este libro recorre, con el mismo tono intimo con el que ya nos conmovio Estancias, los afectos que despierta la mudanza. En este caso, la mutacion se produce por la muerte de los padres pero vuelve a hospedarse en la ternura de la amistad, para que la palabra complice surja nuevamente en el interior de esa morada.