Con un hondo conocimiento de las relaciones entre el individuo y la historia, Andrés Henestrosa nos muestra a un Juárez en el que conviven las emociones y los sentimientos más profundos. La existencia llena de vicisitudes del estadista que actúa en épocas de crisis nacional queda así dibujada, con trazos enérgicos y prosa elocuente.
Andrés Henestrosa aprendió sus primeras palabras en lenguas indígenas y después las conoció en castellano. En su vastísima obra, que comprende varios géneros y temas, se hermanan las concepciones iniciales, nacidas de sus orígenes, y el medio cultural en el que se desarrolla su quehacer literario. El regionalismo, su predilección por las costumbres, las ideas y las creencias de su infancia encuentran moldes adecuados en el idioma español, en el que se expresa habitualmente.
En 1938 todos nosotros éramos principiantes y lo que escribíamos era casi siempre un balbuceo, aunque ese balbuceo no careciese de emoción y de profundidad en ciertos casos, como el de Revueltas. Pero el retrato de Henestrosa no parece escrito por alguien que comienza: revela esa maestría que sólo se adquiere en la madurez. Tampoco parece escrito hace cuarenta años. Dije antes que esas páginas no tienen una sola arruga: poseen la juventud sin edad de las obras que se acercan a la perfección. Un lenguaje nítido, nunca excesivo, a un tiempo reservado y tierno, sobrio y luminoso. Una prosa de andadura ligera, que nunca se precipita y nunca se retrasa: una prosa que llega a tiempo siempre. La historia, simple y conda con palabras *transparentes*, provoca en el lector una emoción en la que se alía lo más antiguo a lo más fresco, como oír "un cuento de otra edad del mundo". Pocas veces la prosa de nuestra lengua ha logrado tal fluidez de agua corriente.
Con un hondo conocimiento de las relaciones entre el individuo y la historia, Andrés Henestrosa nos muestra a un Juárez en el que conviven las emociones y los sentimientos más profundos. La existencia llena de vicisitudes del estadista que actúa en épocas de crisis nacional queda así dibujada, con trazos enérgicos y prosa elocuente.
Andrés Henestrosa aprendió sus primeras palabras en lenguas indígenas y después las conoció en castellano. En su vastísima obra, que comprende varios géneros y temas, se hermanan las concepciones iniciales, nacidas de sus orígenes, y el medio cultural en el que se desarrolla su quehacer literario. El regionalismo, su predilección por las costumbres, las ideas y las creencias de su infancia encuentran moldes adecuados en el idioma español, en el que se expresa habitualmente.
En 1938 todos nosotros éramos principiantes y lo que escribíamos era casi siempre un balbuceo, aunque ese balbuceo no careciese de emoción y de profundidad en ciertos casos, como el de Revueltas. Pero el retrato de Henestrosa no parece escrito por alguien que comienza: revela esa maestría que sólo se adquiere en la madurez. Tampoco parece escrito hace cuarenta años. Dije antes que esas páginas no tienen una sola arruga: poseen la juventud sin edad de las obras que se acercan a la perfección. Un lenguaje nítido, nunca excesivo, a un tiempo reservado y tierno, sobrio y luminoso. Una prosa de andadura ligera, que nunca se precipita y nunca se retrasa: una prosa que llega a tiempo siempre. La historia, simple y conda con palabras *transparentes*, provoca en el lector una emoción en la que se alía lo más antiguo a lo más fresco, como oír "un cuento de otra edad del mundo". Pocas veces la prosa de nuestra lengua ha logrado tal fluidez de agua corriente.