No estaría de más recordar que hace apenas cien años, nuestros abuelos vivían en unas condiciones mucho más primitivas sociopolíticamente hablando, tan auténticas que los temas que nos afligen hoy no existían ni por asomo, la vida era una lucha permanente por poco más que comer y subsistir. Las leyes a las que acogerse nunca se respetaban y no hacía falta que el zapatero o el mariano de turno las fuera limando para complacer a sus amos.En aquel ambiente, la identificación del adversario o el causante de los males que padecía el pueblo, era mucho más directa que ahora. El invento de la democracia moderna ha hecho que se diluya la auténtica confrontación entre las partes. Los anarquistas de entonces disparaban a la cabeza de los que consideraban el mal que afligía a la sociedad. Ético o no, acertado o no, no somos nosotros quién para opinar ni justificar hoy aquellos hechos. Solo nos queda dar un vistazo a aquel trozo de historia y ponerlo en orden como algo que ocurrió en un contexto determinado y por causas muy determinadas. Cobraron piezas de gran calibre, presidentes, reyes y otros, y pagaron con cientos de miles de muertes y la pérdida final de su lucha que a otros niveles también fue pacífica y cultural. Respetémoslos.Volviendo al inicio y por comparación con lo expuesto, si alguien le pegara cuatro tiros a mariano, y ya está él muy tranquilo de que eso no va a suceder, no se arreglaría nada porque es un peón totalmente irrelevante y él lo sabe. Si hace cien años se podía identificar más o menos quién era el culpable o causante de los males del pueblo porque directamente promulgara o firmara las leyes represivas como presidente del gobierno o bien porque fuera el rey, que debería velar por sus súbditos y no lo hacía, ahora no sabemos a ciencia cierta de donde nos vienen los tiros.
Este nuevo libro de Fernando Barbero, ilustrado magníficamente por César Llaguno y prologado por Matías Escalera Cordero, a quienes desde Queimada agradecemos su contribución al libro, es una colección de relatos de diferente volumen y peso narrativos que encaja perfectamente con dos de los objetivos que intentamos desde nuestra editorial: explicar y entretener.El aprendizaje a través de la lectura, como de alguna manera el de la propia vida, se compone de sesudos manuales y de sencillos relatos. No recuerdo a quién escuché una vez decir, que en una canción de Rafaél de León, el más famoso letrista de la copla, se cuenta una historia para la que Zola o Víctor Hugo habrían necesitado un libro de 500 páginas.Las historias de este libro nos hablan de personajes a contracorriente, que saben que lo son pero que están dominados por ese fatum griego que les hace seguir adelante sin pestañear, arriesgando su vida porque, sencillamente, lo que se debe hacer alguien tiene que hacerlo. Son perdedores, pero esta última característica les hace parecerse mucho a algunos vencedores, dominados por el sentimiento de obligación, de deber. Por eso sus logros se imponen. Nunca en una gran batalla, nunca ganarán una gran guerra. Pero a veces consiguen victorias que tienen una fuerza y proyección mucho mayores que su propia dimensión.Lo que les diferencia, fundamentalmente es que luchan en inferioridad y se enfrentan a los poderosos solo con su inteligencia, su determinación y sus propios recursos. Su moralidad puede ser, incluso, discutible a veces, pero no luchan nunca con ventaja.
No estaría de más recordar que hace apenas cien años, nuestros abuelos vivían en unas condiciones mucho más primitivas sociopolíticamente hablando, tan auténticas que los temas que nos afligen hoy no existían ni por asomo, la vida era una lucha permanente por poco más que comer y subsistir. Las leyes a las que acogerse nunca se respetaban y no hacía falta que el zapatero o el mariano de turno las fuera limando para complacer a sus amos.En aquel ambiente, la identificación del adversario o el causante de los males que padecía el pueblo, era mucho más directa que ahora. El invento de la democracia moderna ha hecho que se diluya la auténtica confrontación entre las partes. Los anarquistas de entonces disparaban a la cabeza de los que consideraban el mal que afligía a la sociedad. Ético o no, acertado o no, no somos nosotros quién para opinar ni justificar hoy aquellos hechos. Solo nos queda dar un vistazo a aquel trozo de historia y ponerlo en orden como algo que ocurrió en un contexto determinado y por causas muy determinadas. Cobraron piezas de gran calibre, presidentes, reyes y otros, y pagaron con cientos de miles de muertes y la pérdida final de su lucha que a otros niveles también fue pacífica y cultural. Respetémoslos.Volviendo al inicio y por comparación con lo expuesto, si alguien le pegara cuatro tiros a mariano, y ya está él muy tranquilo de que eso no va a suceder, no se arreglaría nada porque es un peón totalmente irrelevante y él lo sabe. Si hace cien años se podía identificar más o menos quién era el culpable o causante de los males del pueblo porque directamente promulgara o firmara las leyes represivas como presidente del gobierno o bien porque fuera el rey, que debería velar por sus súbditos y no lo hacía, ahora no sabemos a ciencia cierta de donde nos vienen los tiros.
Este nuevo libro de Fernando Barbero, ilustrado magníficamente por César Llaguno y prologado por Matías Escalera Cordero, a quienes desde Queimada agradecemos su contribución al libro, es una colección de relatos de diferente volumen y peso narrativos que encaja perfectamente con dos de los objetivos que intentamos desde nuestra editorial: explicar y entretener.El aprendizaje a través de la lectura, como de alguna manera el de la propia vida, se compone de sesudos manuales y de sencillos relatos. No recuerdo a quién escuché una vez decir, que en una canción de Rafaél de León, el más famoso letrista de la copla, se cuenta una historia para la que Zola o Víctor Hugo habrían necesitado un libro de 500 páginas.Las historias de este libro nos hablan de personajes a contracorriente, que saben que lo son pero que están dominados por ese fatum griego que les hace seguir adelante sin pestañear, arriesgando su vida porque, sencillamente, lo que se debe hacer alguien tiene que hacerlo. Son perdedores, pero esta última característica les hace parecerse mucho a algunos vencedores, dominados por el sentimiento de obligación, de deber. Por eso sus logros se imponen. Nunca en una gran batalla, nunca ganarán una gran guerra. Pero a veces consiguen victorias que tienen una fuerza y proyección mucho mayores que su propia dimensión.Lo que les diferencia, fundamentalmente es que luchan en inferioridad y se enfrentan a los poderosos solo con su inteligencia, su determinación y sus propios recursos. Su moralidad puede ser, incluso, discutible a veces, pero no luchan nunca con ventaja.